Wednesday, May 21, 2014

Damián: reparación y adoración  


 Raúl Pariamachi sscc, Provincial del Perú

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Damián no era un sacerdote aséptico, 
era un hombre, a la vez tierno y recio,
que imprimió la huella de sus botas en el lodo de la historia.
P. Hubert Lanssiers, ss.cc.

  
“Damián mismo es un milagro”, dijo Teresa de Calcuta. No es posible descubrir la historia de Damián sin conmoverse hasta las entrañas. No es posible tocar sus manos tan heridas por la lepra y quedarnos indiferentes ante el sufrimiento de los pobres. No es posible mirar su rostro desfigurado como el Crucificado, sin atisbar el pozo espiritual de su amor hasta el extremo. Damián inspira, inquieta, interpela…

       La comunión de destino con el Maestro

La historia de Damián en la isla de Molokai puede ser vista como un paradigma de la fecunda relación entre la reparación y la adoración en nuestra tradición espiritual. Casi espontáneamente evoco el ora et labora de san Benito, el padre de nuestra regla de vida. En el retiro anual de mi provincia, una benedictina nos decía, usando las metáforas del alma y del cuerpo: “el alma de mi trabajo es la oración, el cuerpo de mi oración es el trabajo”. Al respecto, me llama la atención lo que Damián escribió en una de sus cartas, cuando trabajaba como sacerdote joven en Kohala.

“Desgraciadamente, ¿qué es la vida del misionero sino un tejido de penas y miserias? Uno se pasa todo el tiempo en ingratas tareas como Marta y está muy poco tiempo a los pies del Señor como María Magdalena. ¡Felices los misioneros que solo tienen que ocuparse de su ministerio! Nosotros, en cambio, tenemos que ocuparnos de los aspectos materiales de nuestros puestos de misión, cosa que nos causa muchas preocupaciones…” (24.Octubre.1865).

            No cabe duda de que Damián hizo un camino de conversión siendo misionero en Hawái. Damián no solo tuvo que vencer sus prejuicios sobre la salud, la conducta sexual y las creencias religiosas de los hawaianos, sino que también se enfrentó con su propio genio. Un árbol es el símbolo de su recorrido. Las primeras noches en Kalawao durmió bajo un pandano porque no podía evitar sentir repugnancia por los habitantes de la isla; dieciséis años más tarde sería enterrado bajo el mismo árbol, como señal de su deseo de quedarse para siempre con sus entrañables leprosos.
Tremelo


            Digo todo esto porque me parece que Damián aprendió también a integrar tanto el trabajo como la oración en su ministerio; siguiendo su lectura alegórica diríamos que comprendió vivencialmente que en definitiva Marta y María son una sola: “como tengo a nuestro Señor cerca de mí, siempre estoy alegre y contento, y trabajo con entusiasmo por la felicidad de mis queridos leprosos” (08.Diciembre.1881).

            En realidad cuando hablo de reparación y adoración pretendo llamar la atención acerca de un aspecto clave de nuestra identidad religiosa. La vinculación estrecha entre trabajo y oración aparece en toda su plenitud en las cartas de Damián; como en aquella que escribe cuando la lepra comenzaba a atacar su cuerpo: “sin la presencia constante de nuestro divino Maestro en mi pobre capilla, nunca habría podido perseverar en la unión de mi destino al de los leprosos de Molokai” (26.Agosto.1886). La comunión de destino con el Maestro es comunión de destino con los leprosos.

     Me he hecho leprosos con los leprosos

            Bastaría comparar las referencias a la reparación en el capítulo preliminar (1817) con el capítulo primero (1990) de las Constituciones para darse cuenta de la evolución. En el capítulo preliminar se habla de la adoración del Santísimo como forma de reparar “las injurias hechas a los Sagrados Corazones de Jesús y de María por los innumerables crímenes de los pecadores” (art. 3). En cambio en el capítulo primero se habla más bien de la reparación como comunión con Jesús en la identificación con su actitud reparadora y en la colaboración con quienes trabajan por construir un mundo de justicia y de amor, signo del reino de Dios (cf. art. 4). Digamos que el sentido de la reparación se explicita como servicio al cuerpo herido de Cristo en el mundo.

            En realidad, un repaso a la historia de la reparación permite apreciar sus aristas. Es el caso de los padres de la Iglesia, quienes presentan la reparación como la acción de Cristo para restaurar la imagen de Dios en el ser humano. Más tarde se destacará que el cristiano es invitado a participar de la obra reparadora de Jesús en la Iglesia y el mundo. Las palabras del Crucifijo de San Damián: “Francisco, repara mi Iglesia”, hicieron que el Pobre de Asís uniera su corazón a la pasión del Señor, abriéndose la herida del amor que se hará visible en los estigmas al final de su vida.

            En su libro “Reparar el mundo”, el rabino Emil Ludwig Fackenheim subraya que el acontecimiento inexplicable del Holocausto (con sus seis millones de muertos judíos) es no solo una piedra de escándalo para el mundo contemporáneo, sino también el lugar originario y originante de una humanidad nueva que solo puede pervivir reconciliándose consigo misma y con el propio Dios. El rito de Tikkun hatzot rememora que el llanto de Dios a la medianoche por sus hijos muertos es el despertar de la comunidad para reparar lo que está roto en la tierra. En alusión a la tarea divino-humana de “reparar el mundo” (tikkun olam), el autor dice que la reparación es el fundamento del presente y del futuro. No deja de sorprender el potencial semántico que posee el simbolismo de la reparación para la recuperación de las víctimas en el mundo.

            La parábola viva de Damián es una participación en la obra reparadora de Jesús. Los enfermos de lepra que habían sido capturados y recluidos en Molokai llegaron a ser la pasión de su vida. En su primer año en la isla escribió que se había hecho leproso con los leprosos; el último año de su vida dirá que muere de la misma manera y de la misma enfermedad que sus ovejas en aflicción (1889). Damián se preocupó de que sus amigos tuvieran vivienda, dignidad, comida, alegría, vestido, consuelo y sepultura; su presencia es signo de que Dios no se ha olvidado de los pobres.

            Al respecto el papa Francisco ha recordado que cuando san Pablo se acercó a los Apóstoles de Jerusalén para discernir si había corrido en vano (Ga 2, 2), el criterio clave de autenticidad que recibió consistía en que no se olvidara de los pobres (Ga 2, 10). Este criterio que sirvió también para que las comunidades paulinas no se dejaran devorar por el estilo de vida individualista de los paganos, tiene enorme validez en nuestros tiempos. El Papa dice que “la belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (Evangelii gaudium, n. 195). ¡La belleza del Evangelio resplandeció en Molokai!

    Sin el Santísimo yo no hubiera podido

            Entiendo que en las Constituciones la adoración está caracterizada al menos por tres elementos esenciales: eucaristía, comunión y reparación. Podría parecer obvio que la adoración es eucarística; no obstante, precisamente un modo de evitar su deformación es reubicarla siempre en su humus eucarístico. Las Constituciones dicen que en nuestra vida religiosa apostólica “la adoración se enraíza en la celebración de la Eucaristía y es un tiempo de contemplación con Jesús resucitado” (art. 53). La adoración no se reduce a una devoción privada sino que se orienta al cuerpo místico de Cristo.

            La médula de la adoración consiste en que entramos en comunión con Jesús, que participamos de sus sentimientos ante el Padre y ante el mundo (cf. art. 5). La adoración es una parte esencial de la herencia de nuestra Congregación y de su misión reparadora en la Iglesia justamente porque nuestra reparación es comunión con Jesús, es participar de la misión de Jesús resucitado que nos envía a anunciar la buena noticia, es reconocer nuestra condición de pecadores, es sentirnos solidarios con las víctimas de la inequidad y la violencia, es colaborar para construir un mundo de justicia y de armonía. Cada vez que nos sentamos a los pies del Señor se dilata nuestro corazón, para hacer nuestras las actitudes que lo llevaron a tener su corazón traspasado en la cruz.

            Hemos visto cómo Damián reconoce que sin la presencia de Cristo en su capilla no hubiera podido unir su propio destino al destino de sus leprosos. En otra de sus cartas señaló: “sin el Santísimo Sacramento una situación como la mía no se podría aguantar” (08.Diciembre.1881). Delante del Santísimo se sabe reparado por la presencia de Jesús, aceptando las consecuencias de su servicio en su propia carne con el estigma de la lepra: “es al pie del altar donde con frecuencia me confieso y donde busco alivio a mis penas” (26.Noviembre.1885).

            Resulta oportuno enfatizar que Damián transmitió la práctica de la adoración en Molokai. En una carta comunica al superior general que se ha establecido la adoración perpetua en las capillas de la leprosería: “es verdad que resulta bastante difícil mantener la continuidad de las horas ya que las enfermedades impiden a veces a los miembros de la Adoración venir a la iglesia la media hora; sin embargo, resulta edificante verles en adoración, a la hora que les corresponde, en el lecho del dolor de sus humildes cabañas” (04.Febrero.1879). De hecho, esta práctica en Molokai es un hermoso ejemplo de cómo la adoración eucarística sigue el doble movimiento del amar y ser amados: ser reparados para reparar el mundo desde el amor de Dios encarnado en Jesús.

            El relato evangélico de Damián se traduce en la llamada a redescubrir el valor de la adoración reparadora en nuestra vida. Muchas veces hemos acumulado motivos para sospechar de la deformación “cosista” de la eucaristía y la adoración. Al mismo tiempo, navegamos en una época propicia para recuperar el sentido de la adoración. Felizmente podemos contar con el testimonio radical de Damián, que tendría que ser releído a la luz de la buena teología de nuestras Constituciones. Recientemente se nos ha recordado que somos ministros de la adoración reparadora (38° Capítulo General).

DAMIEN : REPARATION ET ADORATION

« Damien n’était pas un prêtre « aseptisé ». 
C’était un homme, à la fois tendre et rude, 
dont les pas marquèrent de leur empreinte 
les chemins boueux de l’Histoire !»
                                                                                                P.Hubert  Lanssiers,sscc


« Damien lui-même est un miracle », disait Mère Térésa de Calcutta. On ne peut  découvrir l’histoire de Damien sans être ému jusqu’aux larmes. On ne peut  prendre  ses mains blessées par la lèpre sans être touchés par la souffrance des pauvres. On ne peut regarder son visage défiguré  comme celui du Crucifié, sans entrevoir  la profondeur spirituelle  de son amour jusqu’à l’extrême. Damien inspire, Damien inquiète, Damien interpelle…

Communion de destin avec le Maître

La vie de Damien sur l’ile de Molokai peut être considérée comme un modèle parfait de  fécondité  profonde entre la réparation et l’adoration, dans notre tradition spirituelle. Presque spontanément  cela m’évoque le «ora et labora » de Saint Benoit, le père de notre règle de vie. Durant  la retraite annuelle de ma province, une sœur bénédictine nous disait, utilisant les métaphores de l’âme et du corps : « l’âme de mon travail c’est la prière, le corps de ma prière c’est le travail ». A ce sujet, me vient à l’esprit  ce que Damien écrivit dans une de ses lettres, quand il travaillait comme jeune prêtre à Kohala :

« Hélas, qu’est la vie du missionnaire ? ce n’est  qu’un tissu de peines et de misères. On passe tout son temps à accomplir des tâches ingrates comme Marthe et très peu de temps aux pieds du Seigneur comme Marie Magdeleine. Heureux les missionnaires  qui n’ont qu’à  s’occuper de leur ministère ! Nous, au contraire, nous avons à nous occuper de tous les aspects matériels de nos postes de mission, occupations qui nous causent beaucoup de soucis… » (24 octobre 1865)

Il est certain que le P. Damien fit un chemin de conversion quand il fut missionnaire aux Hawaï. Damien non seulement eut à dépasser ses préjugés sur la santé, les comportements sexuels  et les croyances  religieuses des hawaïens, mais il eut aussi à affronter son propre caractère.
Un arbre est le symbole de son parcours. Les premières nuits à Kalawao , il dormit sous un pandanus parce qu’il ne pouvait  s’empêcher de ressentir  du  dégoût  pour  les habitants de l’île ; seize années plus tard il sera enterré sous le même arbre, comme signe de son désir de rester pour toujours auprès de ses chers lépreux.

Je dis tout cela parce qu’il me semble que Damien apprit aussi à intégrer le travail comme la prière dans son ministère ; en continuant  la lecture allégorique de sa vie, nous dirions que, en définitive, dans le vécu quotidien,  il comprit que Marie et Marthe ne sont qu’une seule et même personne. « Comme j’ai le Seigneur près de moi, je suis toujours joyeux et content, et je travaille avec enthousiasme pour le bonheur de mes chers lépreux. » (8 décembre 1881)

De fait quand je parle de réparation et d’adoration, je veux attirer l’attention sur un point clé  de notre identité religieuse. Le lien étroit entre travail et prière apparait en  pleine lumière dans les lettres de Damien ; comme  celle où il écrivit, quand la lèpre commençait à ronger son corps : « Sans la présence permanente de notre Divin Maître dans ma pauvre chapelle, jamais je n’aurais pu continuer à lier mon destin à celui des lépreux de Molokai » (26 août 1886) La communion de destin avec le Maître est communion de destin avec les lépreux.
   
Je me suis fais lépreux avec les lépreux

Il suffirait de comparer les références sur le sens de la réparation dans le chapitre préliminaire (1817) avec celles  du  premier chapitre (1990) des Constitutions, pour se rendre compte de  son évolution. Dans le chapitre préliminaire il est question d’adoration du Saint Sacrement comme manière de réparer « les injures faites aux Sacrés Cœurs de Jésus et de Marie par  les innombrables crimes des pécheurs » (art.3). Par contre dans le premier chapitre,  on parle plutôt de la réparation en communion avec Jésus , en s’identifiant à lui dans son attitude réparatrice  et en collaborant  avec ceux qui travaillent à construire un monde de justice et d’amour, signe du Royaume de Dieu  ( cf.art.4). Disons que le sens de la réparation s’entend comme service au Corps blessé du Christ présent dans le monde.

En réalité, un regard sur l’histoire de la réparation permet d’en relever les divers aspects. D’abord les Pères de l’Eglise présentent  la réparation comme l’action du Christ restaurant l’image de Dieu dans la personne humaine. Plus tard on soulignera que le chrétien est invité à participer à l’œuvre réparatrice de Jésus dans l’Eglise et le monde. Les paroles du Crucifix de San Damiano : « François répare mon église ! » poussèrent  le pauvre d’Assise à unir son cœur à la passion du  Seigneur, lui ouvrant la blessure de  son amour qui deviendra visible dans ses stigmates à la fin de sa vie.
  
Dans son livre «  Réparer le monde », le Rabin Emil Ludwig Fackenheim  souligne que l’évènement incroyable de l’holocauste (avec six millions de juifs morts !) est non seulement un scandale pour le monde contemporain, mais  bien  l’origine d’une humanité nouvelle qui ne  survivra qu’en se réconciliant avec elle-même et avec son Dieu.  Le rite de « Tikkun hatzot » rappelle que le cri de douleur de Dieu, à minuit, pour ses fils morts, est le réveil de la communauté pour réparer ce qui a été brisé sur terre. En faisant allusion à la tâche divino-humaine de « réparer le monde (tihhun olam), l’auteur dit que la réparation est le fondement du présent et du futur. On ne peut qu’être surpris par le potentiel sémantique que contient le symbolisme de la réparation pour le rachat des victimes dans le monde.    

La parabole vivante de Damien est une participation à l’œuvre réparatrice de Jésus. Les malades de la lèpre qui avaient été enlevés  puis enfermés à Molokai, devinrent la passion de sa vie. La première année de sa présence sur l’île, il écrivit qu’il s’était fait lépreux avec les lépreux ; la dernière année de sa vie il dira qu’il meurt de la même manière et de la même mort que ses brebis dans le malheur. (1889) Damien travailla sans relâche pour que ses amis aient  maison, dignité, nourriture, joie, vêtements, réconfort  et sépulture : sa présence est signe que Dieu n’a pas oublié les pauvres.

A ce sujet, le pape François  rappelle que quand Paul alla rencontrer les  Apôtres à Jérusalem pour vérifier s’il n’avait pas œuvré en vain (Ga 2,2), il reçut comme critère de l’authenticité de son ministère son choix prioritaire pour les pauvres (Ga 2,10). Ce critère, qui servit également pour que les communautés pauliniennes ne se laissent pas envahir par le style de vie individualiste des païens, est pour nous aussi,  aujourd’hui,  d’une grande importance. Le pape dit que « la beauté de l’Evangile ne peut pas toujours être manifestée adéquatement, mais nous devons toujours manifester ce signe : l’option pour les derniers, pour ceux que la société rejette et met de côté » (Evangelii gaudiuun, n°195) La beauté de l’Evangile resplendît  à Molokai !

Sans le Saint Sacrement, je n’aurais pas pu !

Je comprends que dans les Constitutions, l’adoration soit  caractérisée au moins par trois éléments essentiels : l’Eucharistie, la communion et la réparation. Il pourrait paraitre évident  que l’adoration est eucharistique ; cependant c’est une manière importante d’éviter sa déformation, que de la resituer toujours dans son sillon eucharistique. Les Constitutions disent que dans notre vie religieuse apostolique, «  l’adoration s’enracine dans la célébration de l’Eucharistie et qu’elle est un temps de contemplation avec Jésus ressuscité » (art. 53) L’adoration ne se réduit pas à une dévotion privée ; elle est orientation vers le Corps mystique du Christ.

Le point central de l’adoration consiste à entrer en communion avec Jésus, à participer à ses sentiments devant le Père et devant le monde (cf.art.5) L’adoration est un héritage essentiel de  notre congrégation et de sa mission réparatrice dans l’Eglise, justement parce que notre réparation est communion avec Jésus. L’adoration c’est : participer à la mission de Jésus ressuscité qui nous envoie annoncer la bonne nouvelle,  reconnaitre notre condition de pécheurs, nous sentir solidaires des victimes de l’iniquité, de la violence, collaborer à la construction d’un monde juste et harmonieux.  Chaque fois que nous nous asseyons aux pieds du Seigneur, notre cœur se dilate  pour faire nôtres les attitudes qui le conduisirent  jusqu’au Cœur transpercé sur la croix.

Nous avons vu comment Damien reconnait que sans la présence du Christ dans sa chapelle il n’aurait pu  unir son propre destin à celui des ses lépreux. Dans une autre de ses  lettres, il signale : «  Sans le Saint Sacrement une situation comme la mienne serait intenable » (8 déc.1881) Devant le Saint Sacrement  il se sait guéri par la présence de Jésus, acceptant les conséquences de son dévouement en sa propre chair, avec les stigmates de la lèpre. « C’est au pied de l’autel que souvent je me confesse et là où je cherche soutien dans mes peines » (26 nov. 1885)

Il est intéressant de souligner que Damien transmit la pratique de l’adoration à Molokai. Dans une lettre il signale au Supérieur Général comment l’adoration perpétuelle s’est organisée dans la chapelle de la léproserie : « Il est vrai qu’il est assez difficile d’établir la continuité des heures car les infirmités empêchent parfois les membres de l’Adoration de venir à l’Eglise une demie heure ; cependant, il est édifiant de les voir en adoration, à l’heure qui leur correspond, dans le lit de douleur de leurs humbles cabanes » (4 févr. 1879) De fait, cette pratique à Molokai est un bel exemple de la façon dont   l’adoration eucharistique accomplit, dans un même geste, ce double mouvement: celui  d’aimer et d’être aimé ; être guéris  (réparés) pour réparer le monde à partir de l’amour de Dieu incarné en Jésus.

Le récit évangélique de Damien nous conduit  à redécouvrir l’importance de l’adoration réparatrice en notre vie. Parfois dans le passé nous avons cherché  des raisons pour déprécier ou remettre en question  le sens de l’adoration et de l’eucharistie. Aujourd’hui, nous entrons en un temps favorable  pour récupérer le sens de l’adoration. Heureusement nous pouvons compter sur le témoignage radical de Damien qu’il vaudrait la peine de relire à la lumière d’une bonne théologie de nos Constitutions. Récemment il nous a été rappelé que nous sommes ministres de l’adoration réparatrice (38° Chapitre général)



Damien: Reparation and Adoration

Damien was not an emotionless priest; 
he was human, at once tender and tough, 
who left the prints of his boots in history.
P. Hubert Lanssiers, ss.cc.

            “Damien is a miracle,” said Theresa of Calcutta.  It is not possible to discover the history of Damien without being moved to your very depths.  It is not possible to touch his leprous hands covered with wounds and remain indifferent before the suffering of the poor.  It is not possible to look upon his disfigured face like that of the Crucified, without a glimpse of the spiritual depth of his extreme love.  Damien inspires, disturbs, challenges…

            
Destined to communion with the Master

            The history of Damien on the Island of Molokai can be seen as a paradigm of the fruitful relationship between reparation and adoration in our spiritual tradition.  It almost spontaneously evokes the “to work and to pray” of Saint Benedict, the father of our Rule of Life.  In the annual retreat of my province, a Benedictine said, using the metaphors of the soul and the body: “the soul of my work is prayer, the body of my prayer is work”.  In this regard I am struck by what Damien wrote in one of his letters when he worked as a young priest in Kohala.

“Unfortunately, what is missionary life if not a fabric of pain and misery?  One spends all of his time in menial tasks like Martha and has very little time to sit at the feet of the Lord like Mary Magdalene.  Happy those missionaries who have to deal only with ministry!  We, however, have to deal with the material aspects of our mission stations, something that causes us much preoccupation…” (24 October 1865)

            There is no doubt that Damien made a journey of conversion as a missionary in Hawaii.  Damien not only had to overcome his prejudices about health, the sexual conduct and the religious beliefs of the Hawaiians, but also to confront his own  conceptions.  A tree is a symbol of his journey.  He spent the first nights in Kalawao sleeping under a pandanas tree because he could not avoid his repugnance for the inhabitants of the island.  Sixteen years later he would be buried beneath this same tree, as a sign of his desire to remain forever with his beloved lepers.

            I say all of this because Damien learned how to integrate work and prayer in his ministry; following his allegorical daily reading in which he experientially understood that Martha and Mary are one person: “as I have our Lord near me, I am always happy and content, and I work with enthusiasm for the happiness of my dear lepers.”  (December 8 1881)

            Actually when I speak of reparation and adoration, I intend to draw attention to a key aspect of our religious identity. The close link between work and prayer appears in its fullness in the letters of Damian.  He writes that when leprosy began to attack his body, "without the constant presence of our Divine Master in my poor chapel I could never persevere in joining my fate to the lepers of Molokai" (26.Agosto. 1886). Communion with the Master is destined to communion with the lepers. 

            I made myself a leper with the lepers

It suffices to compare references of reparation in the preliminary chapter (1817) with the first chapter (1990) of the Constitutions to realize the evolution. The preliminary chapter discusses Eucharistic adoration as a form of redressing “the injuries done to the Sacred Hearts of Jesus and Mary by the countless crimes of sinners” (art. 3).  However,  the first chapter speaks of reparation as communion with Jesus in his identification with  a reparative attitude and collaboration with those working to build a world of justice and love, a sign of the kingdom of God (cf. art . 4). We say that the sense of reparation is made explicit as service to the wounded body of Christ in the world.

In fact, a review of the history of reparation permits us to appreciate its parameters.  This is the case of the Church Fathers, who present reparation as the action of Christ to restore the image of God in man. Much later spirituality would highlight that the Christian is invited to participate in the restorative work of Jesus in the Church and the world. The words of the Crucifix of San Damiano, “Francis, repair my Church," made ​​the Poor Man of Assisi join his heart to the Lord's passion, opening the wound of love that would be visible in the stigmata at the end of his life.

 
            In his book "To Repair the World," Rabbi Emil Ludwig Fackenheim stressed that the unexplained event of the Holocaust (which killed six million Jews) is not only a stumbling block for the contemporary world, but also the original location and originator of a new humanity that can only survive by reconciling itself with God. The rite of Tikkun hatzot recalling the tears of God at midnight for his dead children is the awakening of the community to repair what is broken in the world. In reference to the divine-human work to "repair the world" (tikkun olam), the author says that reparation is the foundation of the present and future. One need not be surprised at the semantic potential of the symbolism of reparation for the healing of the victims in the world.

The living parable of Damien is a participation in the reparative work of Jesus. Leprosy patients who had been captured and held captive in Molokai became the passion of his life. In his first year on the island he writes that he made himself a leper with the lepers; in the last year of his life he says he dies in the same manner and with the same disease as his sheep in distress (1889). Damien was concerned that his friends had housing, dignity, food, joy, clothing, comfort and burial.  His presence is a sign that God has not forgotten the poor.

Pope Francis recalled that “When Saint Paul approached the apostles in Jerusalem to discern whether he was ‘running or had run in vain’ (Gal 2:2), the key criterion of authenticity which they presented was that he should not forget the poor (cf. Gal 2:10). This important principle, namely that the Pauline communities should not succumb to the self-centred lifestyle of the pagans, remains timely today, when a new self-centred paganism is growing. We may not always be able to reflect adequately the beauty of the Gospel, but there is one sign which we should never lack: the option for those who are least, those whom society discards.” (Evangelii Gaudium, n. 195) The beauty of the Gospel shone in Molokai!


Without the Blessed Sacrament I would not be able

I understand that in the Constitutions adoration is characterized by at least three essential elements: Eucharist, communion and reparation. It might seem obvious that adoration is Eucharistic; however, a way to precisely avoid its deformation is always to relocate it in the humus of the Eucharist. The Constitutions say that in our apostolic religious life “adoration is rooted in the celebration of the Eucharist. It is a time for contemplation with the Risen Jesus…” (art. 53). Adoration is not reduced to a private devotion but is oriented to the mystical body of Christ.

The heart of adoration consists in entering into communion with Jesus; we participate in his sentiments before the Father and the world (cf. art. 5). Adoration is an essential part of the heritage of our Congregation and its reparative mission in the Church precisely because our reparation is communion with Jesus, participation in the mission of the risen Jesus who sends us to proclaim the good news, recognition of our condition as sinners, solidarity with the victims of inequality and violence, and collaboration in building a world of justice and harmony. Every time we sit at the feet of the Lord our hearts expand, and we make our own the attitudes that led him to have his heart pierced on the cross.

We have seen how Damien acknowledges that without the presence of Christ in his chapel he could not unite his own fate to the fate of his lepers. In another letter he said: "Without the Blessed Sacrament a position like mine could not be endured” (December 8, 1881). Before Jesus present in the Blessed he knew how to repair, to accept the consequences of his service in his own flesh, the stigma of leprosy, “it is at foot of the altar where I frequently confess and where I seek relief from my pains” (November 26, 1885).

It is appropriate to emphasize that Damian established the practice of adoration in Molokai. In a letter to the Superior General he states that perpetual adoration is established in the chapel of the lepers: "it is true that it is quite difficult to maintain continuity in the hours since disease sometimes prevents members of the Adoration to come to church for half an hour; however, it is edifying to see them, at their corresponding hour, at adoration on their sickbeds in their humble cottages" (February 4, 1879).  In fact, this practice in Molokai is a beautiful example of Eucharistic adoration in the double movement of loving and being loved, of being repairers of the world from the love of God incarnate in Jesus.

The evangelical story of Damien results in the call to rediscover the value of reparative adoration in our lives. Many times we have accumulated motives for suspecting the deformation of the Eucharist and adoration taking them just as a “thing”. At the same time, we are living in a favorable time to recover the meaning of adoration. Fortunately we have the radical testimony of Damien, which would have to be re-read in the light of the good theology of our Constitutions. Recently we have been reminded that we are ministers of reparative adoration. ( 38 ° Chapter General) .





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