Saturday, November 22, 2014

Damián y su compañera la lepra.


Damien et sa compagne « la lèpre » 

Damien and his companion:  leprosy.
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Felipe F. Lazcano Hamilton sscc
 

Es interesante analizar cómo va evolucionando la relación de Damián con la enfermedad. De una manera muy sumaria, se pueden ver tres momentos diversos:

a) Inicialmente Damián considera la enfermedad algo horrible, una desgracia, y espera y pide a Dios y a la Virgen que lo mantengan sano, que lo protejan, que se haga el milagro

«Aunque yo no soy todavía un leproso y, con el auxilio milagroso del buen Dios y de la Santísima Virgen, espero no serlo jamás, me hago, sin embargo, leproso con los leprosos: cuando predico, es mi manera de ver las cosas (nosotros los leprosos). Ojalá pueda también ganarlos a todos para Cristo como hizo San Pablo.» (A su hermano Pánfilo, 23 de noviembre de 1873).


b) Cuando se sabe leproso hay una primera reacción de temor y de resignación. A veces parece como si las palabras se atragantasen en su gar­gan­ta y prefiere servirse de una perífrasis: la terrible enfermedad. Es como si el término lepra fuese golpeado por el mismo tabú que hoy el cáncer o el SIDA. Siente que, por primera vez en su vida, ha sido sacudido hasta lo más profundo de sí mismo. No es ese héroe impávido, que ignora el miedo. Está amasado de la misma pasta que sus hermanos y hermanas humanos.

«Mi querido hermano, vivamente impresionado por vuestra enfermedad y de la insinuación de que podría degenerar en consunción, lo que, espero, el buen Dios no permitirá, no puedo ocultaros por más tiempo que yo también estoy amenazado de enfermedad aún más terrible que la consunción» (A Pánfilo, 31 enero 1885).

Sin embargo, cuando los estragos de la enfermedad se manifiestan en el cuerpo de Damián, éste parece entonces reconciliado con su condición.

«¡Pues bien! mi reverendo padre, ya no hay dudas para mí, soy leproso; ¡que el buen Dios sea bendito! No os compunjáis demasiado por mí, estoy perfectamente resignado a mi suerte. No os pido más que una gracia: suplicad a nuestro Muy Reverendo Padre que envíe a alguno que pueda una vez al mes bajar hasta nuestra tumba para confesarme y, el resto del tiempo, ocuparse de las capillas del otro lado de la isla, donde no hay enfermos.» (A Léonor Fousnel, octubre 1885).

Se ve en una carta escrita hacia este mismo periodo a Carlos Warren Stoddard, un escritor que había visitado la leprosería el año precedente:

«Desde el mes de marzo último, mi correligionario, el padre Alberto, ha dejado Molokai y el archipiélago, para regresar a Tahiti. Desde entonces, yo soy el único sacerdote en Molokai y tengo la reputación de estar atacado yo mismo por la terrible enfermedad. Los microbios de la lepra han anidado finalmente en mi pierna izquierda y en mi oreja. Mis párpados comienzan a caerse. Me es imposible trasladarme aún a Honolulu porque la lepra se hace visible. Pronto mi figura quedará deteriorada, supongo. Estando seguro de que la enfermedad es real, permanezco tranquilo y resignado, y hasta soy más feliz entre mis gentes. El buen Dios sabe lo que es mejor para mi santificación, y en esta convicción, digo todos los días un buen fiat voluntas tua (que se cumpla tu voluntad). Tened la bondad de rezar por vuestro amigo probado y recomendarme, así como a mis desventurados leprosos, a todos los servidores de Dios.» (15 de octubre de 1885).


Cuando ya ha aceptado su enfermedad, no se desfonda por ser enfermo de lepra, sino que la entiende como una forma privilegiada de estar en comunión con sus feligreses. Prefiere quedarse con ellos a salir curado de la leprosería. La lepra será un hilo de oro que le une a los suyos y le hace renovar su ministerio sacerdotal.

“Además, la terrible enfermedad, cuyo comienzo conocéis, hace progresos espantosos y amenaza con impedirme, quizás muy pronto, de celebrar la santa misa y, no teniendo otro sacerdote, me vería privado de la santa comunión y del santo sacramento. Es esta privación la que más me costará y que hará mi situación insoportable. No es la enfermedad y los sufrimientos los que me descorazonan, lejos de esto. Hasta aquí, me siento feliz y contento y, si se me diera la oportunidad de salir de aquí en buena salud, diría sin dudar: Me quedo de por vida con mis leprosos.» (A P. Alberto Montiton, mayo de 1886).


c) Finalmente la enfermedad acaba siendo la mejor cruz que le pueden imponer. Es el camino para alcanzar la plenitud de la vida. Acaba dándole gracias Dios por esa cruz que le une especialmente a Jesús y lo acerca a la vida plena.

«Continúo aquí, aunque inútil, cumpliendo mi tarea diaria como de costumbre, no sé por cuántos años aún. Ha complacido a nuestro divino Salvador confiarme el cuidado del bien espiritual de los infortunados leprosos exilados en Molokai. Como sabéis, hace ya largo tiempo que la divina Providencia me ha escogido para convertirme en víctima de esta repugnante enfermedad que es la nuestra. Espero quedar eternamente reconocido a Dios por este favor. Me parece que esta enfermedad abreviará un poco y hasta hará más estrecho el camino que me conducirá a nuestra querida patria. En esta esperanza, he aceptado esta enfermedad como mi cruz especial; trato de llevarla como Simón el Cireneo, siguiendo las huellas de nuestro divino Maestro. Tened a bien ayudarme con vuestras oraciones para obtenerme la fuerza de la perseverancia, hasta que llegue a la cumbre del calvario.» (A Pánfilo, 9 de noviembre de 1887).

“La alegría y el contento del corazón que los Sagrados Corazones me prodigan hacen que me crea ser el misionero más feliz del mundo. Así el sacrificio de mi salud, que el buen Dios ha tenido a bien aceptarme, fructificando un poco mi ministerio entre los leprosos, resulta ser, después de todo, muy ligero y hasta agradable para mí, atreviéndome a decir un poco como San Pablo: Mortuus sum et vita mea abscondita est cum Christo in Deo (Estoy muerto y mi vida está escondida con Cristo en Dios; adaptación de Col 3,3).» (A Pánfilo, 9 y 16 de noviembre de 1887).

«Me esfuerzo lo más posible en llevar, sin quejarme demasiado y de una manera práctica para la santificación de mi alma, las miserias de la enfermedad previstas hace largo tiempo, que es, después de todo, un agente del que la Providencia se sirve para desembarazar al corazón de toda afección terrestre y de activar al mismo tiempo el deseo del alma cristiana de estar unida, cuanto más pronto mejor, a Aquel que es su única vida.» (a Clifford, el 28 de febrero de 1889).


Damián tuvo que continuar su proceso de aceptación de la realidad, de resituarse día a día en su ministerio, en su relación con Dios. La eucaristía y la adoración serían, sin duda, momentos favorecidos para abandonarse a la bondad de Dios y pedir un corazón como el de Jesús. El desprendimiento va siendo total: familia, país, cultura, lengua, pastoral, parroquia… salud, prestigio… La muerte ya está cerca; la hora del descentramiento completo, a la que su compañera la lepra le ha llevado y le ha acortado el camino. 

“De este modo, Damián miró sucesivamente en tres direcciones en la ruta del sufrimiento. Primero sobre sí mismo: pidió permanecer sano, salud que depositó confiado entre las manos del Señor. Después hacia los hombres: deseaba mantenerse cerca de ellos. Finalmente hacia Cristo: quería permanecer cerca de Él y llevar en su carne las señales de sus heridas. En este momento su búsqueda se tranquilizó por fin. Damián estaba allí donde debía de estar, en lo suyo sobre la cruz. Quien sube el camino del sufrimiento pasa por tres estaciones: parte de su propia persona, llega donde los otros, para terminar finalmente, en la casa junto al Señor crucificado”.  (Cardenal G. Dannels, “Retrato exterior e interior de Damián”, 1994)

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Cada uno de nosotros tendrá su propia “compañera de camino”, que bien puede hacerse instrumento de Dios para santificarnos y llenarnos de vida, o al contrario, amargarnos e impedirnos reconocer el rostro misericordioso de Dios. Damián pudo decir a los suyos con toda propiedad “nosotros los leprosos” y encontrar ahí la mano de Dios. 







Damien and his companion:  leprosy.

 It is interesting to analyze the evolution of the relationship of Damien with the disease. In a very summary way, it is possible to see three different moments:

a) Initially Damien considers the disease as something horrible, a disgrace, and he hopes and prays to God and the Virgin to keep him healthy, and that they protect his health by performing a miracle.

"Although I am not yet a leper and, with the miraculous help of the good Lord and the Blessed Virgin, I hope never to be, I do, however, make myself a leper with the lepers:  when I preach, it is my way of seeing the situation ("we lepers"). Hopefully I can also win everyone to Christ as St. Paul did."
           (To his brother Pamphile, November 23, 1873).


 b) When he knows himself a leper there is a first reaction of fear and of resignation. Sometimes it seems as if the words choke in his throat and he prefers to use a paraphrase: the terrible disease.  It is as if the word 'leprosy' was struck by the same taboo that 'cancer' is today. He feels that, for the first time in his life, he has been shaken to the very depths of himself. He is not that intrepid hero, not knowing fear.  He is made of the same stuff as his human brothers and sisters. 
"My dear brother, deeply impressed by your illness and the insinuation that it could degenerate into consumption, which, I hope, the good God will not permit,  I cannot hide from you any longer that I'm also threatened with a disease even more terrible than consumption "
(To Pamphile, January 31, 1885). 
However, when the ravages of the disease manifest themselves in the body of Damien, then he seems reconciled to his condition. 
"Well, my reverend father, there is no doubt about me, I am a leper: the good God be praised! Do not be too sorry for me, I am perfectly resigned to my fate. I don't ask of you more than a grace: beseech our Very Reverend Father to send someone who can once a month come down to our grave so that I can confess, and the rest of the time, keep busy with the chapels on the other side of the island, where  there are no sick. "
(To Léonor Fousnel, October 1885).

One sees in a letter written around the same period to Charles Warren Stoddard, a writer who had visited the leprosarium the previous year:
"Since last March, my colleague, Father Alberto, has left Molokai and the archipelago, to return to Tahiti. Since then, I am the only priest on Molokai and have the reputation of being myself attacked by the terrible disease. The germs of leprosy have finally made their home in my left leg and my ear. My eyelids begin to sag. It is impossible to even go to Honolulu because the leprosy has made itself visible. Soon my shape will deteriorate, I guess. Being sure that the disease is real, I remain calm and resigned, and am even happier among my people. The good God knows what is best for my sanctification, and with this conviction, I say every day a good fiat voluntas tua (Your will be done). Have the goodness to pray for your tested friend and recommend me, as well as my wretched lepers, to all the servants of God."  
(October 15, 1885). 
When he had accepted his illness, he did not go to pieces by being afflicted with leprosy, but understood it as a privileged way to be in communion with his parishioners.  He prefers to stay with them rather than to leave to be treated at the leper hospital.  Leprosy is a golden thread that unites him to those who are his own and makes him renew his priestly ministry. 
"Also, the terrible disease, whose beginning you know, makes frightful progress and threatens to stop me, perhaps very soon, from celebrating Mass, and not having another priest, I would be deprived of Holy Communion and the Holy Sacrament. It is this deprivation which costs me more and makes an unbearable situation. It is not the sickness and the sufferings that discourage me, far from this.  So far, I am happy and content and if I was given a chance to leave here in good health, I would say without hesitation:  I stay for life with my lepers "
(To Father Alberto Montiton, May 1886).

c) Finally the disease ends up being the best cross that may be imposed. It is the way to reach the fullness of life.  He ends giving thanks to  God for that cross that unites him especially to Jesus and  brings full life.
 "I continue here, although useless, doing my daily work as usual, I do not know for how many years yet. It has pleased our Divine Savior to entrust to me the care of the spiritual good of the unfortunate lepers exiled on Molokai.  As you know, for a long time divine Providence has chosen me to become a victim of this loathsome disease which is ours. I hope forever to be grateful to God for this favor. It seems to me that this disease will shorten a little and even make narrower the road that will lead me to our beloved homeland. In this hope, I have accepted this disease as my special cross; I try to carry it like Simon of Cyrene, following the footsteps of our Divine Master. Kindly help me with your prayers to have the strength to persevere, until I reach the summit of Calvary. "
(To Pamphile, November 9, 1887).

"The joy and contentment of heart that the Sacred Hearts lavish upon me make me believe that I am the happiest missionary in the world. Thus the sacrifice of my health, that the good Lord has seen fit to accept from me, bearing some fruit in my ministry among the lepers, it turns out, after all, very light and even enjoyable for me, I am daring to say a little like Saint Paul: Mortuus sum et vita mea abscondita est cum Christo in Deo (I am dead and my life is hidden with Christ in God; adaptation of Col 3,3). "
(To Pamphile, 9 and 16 November 1887).

"I try as much as possible to bear, without complaining too much and in a practical way for the sanctification of my soul, the miseries of the disease planned long ago, which is, after all, an agent that Providence uses to rid the heart of any earthly affection and at the same time stimulates the desire of the Christian soul to be united, the sooner the better, to the One who is his only life. "
(To Clifford,  February 28, 1889).

Damian had to continue his process of accepting reality, to place himself every day in his ministry, in his relationship with God. The Eucharist and Adoration were, without doubt, privileged moments to abandon himself to the goodness of God and ask for a heart like Jesus. The detachment is going to be total:   family, country, culture, language, ministry, parish ... health, prestige ... Death is at hand; time has run out,  to which his companion, leprosy,  has led him and has shortened for him the way.

"Thus, Damian looked successively in three directions on the path of suffering. First about himself: he asked to remain healthy, placing his health trustingly  in the hands of the Lord.  Then to people:  he wanted to keep close to them.  Finally to Christ: he wanted to stay close to Him and bear in his flesh the marks of His wounds. In this moment  his search to calm himself is finished. Damian was there where he should be, on his own on the cross. Who climbs the road of suffering passes through three stations: of his own person, reaching toward others, to finally end up at home next to the crucified Lord.. "
          (Cardinal G. Dannels, "Portrait of the Exterior and Interior of Damien", 1994)

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Each of us has his own "traveling companion", which may well be an instrument of God to sanctify us and fill us with life, or conversely, embitter us and prevent us from recognizing the merciful face of God. Damian could say to his own with all appropriateness  "we lepers" and find there the hand of God.




Damien et sa compagne « la lèpre »

Il est intéressant d’analyser comment évolue peu à peu la relation entre Damien et la maladie .Très sommairement on peut voir trois étapes différentes :

a)    Au début ,Damien  considère la maladie comme quelque chose d’horrible , un malheur et il espère et demande à Dieu et à la Vierge de le garder en bonne santé et de le protéger miraculeusement .

« Bien que je n’ai pas encore contracté la lèpre et avec l’aide miraculeuse de Dieu et de la très sainte Vierge, j’espère ne jamais la contracter, cependant je me considère lépreux au milieu des lépreux : quand je prêche , c’est ma façon de voir les choses ( nous , les lépreux) . Pourvu que je puisse les conduire tous au Christ , comme l’a fait Saint Paul . » ( A son frère Pamphyle, le 23 novembre 1873 )

b)   Quand on sait qu’on a la lèpre , la première réaction est de crainte et de résignation . On dirait parfois que les mots restent coincés dans la gorge et on préfère utiliser une périphrase : la terrible maladie . C’est comme si le mot « lèpre » était tabou , comme aujourd’hui le mot «  cancer » . Damien , pour la première fois de sa vie , sent qu’il est bouleversé jusqu’au plus profond de lui-même . Ce n’est plus ce héros impavide qui ignorait la peur . Il est fait de la même pate que ses frères et sœurs humains . 
« Mon cher frère ,je suis très impressionné par votre maladie et par la possibilité  qu’elle puisse dégénérer en consomption , ce que , j’espère , le Bon Dieu ne permettra pas et je ne peux vous cacher plus longtemps que moi aussi je suis menacé par une maladie encore plus terrible que la consomption ». ( A Pamphyle , 31 janvier 1885).
Cependant , quand les ravages de la maladie apparaissent dans le corps de Damien, celui-ci semble alors réconcilié avec sa condition de malade .
«  Eh bien , mon révérend père , il n’y a plus de doute , j’ai la lèpre . Que le Bon Dieu soit béni ! Ne vous attristez pas trop pour moi, j’accepte totalement mon sort . Je ne vous demande qu’une grâce : suppliez notre très Révérend Père d’envoyer quelqu’un qui puisse , une fois par mois, descendre jusqu’à notre « tombe » pour me confesser et , le reste du temps , s’occuper des chapelles de l’autre côté de l’île où il n’y a pas de lépreux  ». ( A Leonor Fousnel , octobre 1885 )
On le voit aussi dans une lettre écrite à cette même période à Carlos Warren Stoddard, un écrivain qui avait visité la léproserie l’année précédente : 
«  Depuis mars dernier , mon coreligionnaire , le Père Albert , a quitté Molokai et l’archipel pour retourner à Tahiti . Depuis lors , je suis le seul prêtre de Molokai et j’ai la réputation d’être moi-même atteint de cette terrible maladie . les microbes de la lèpre se sont nichés finalement dans ma jambe gauche et mon oreille . Mes paupières commencent à tomber . Il m’est impossible de me rendre encore à Honolulu parce que la lèpre est apparente . Je suppose que bientôt mon visage sera touché . Comme je suis sûr que la maladie est réelle, je demeure tranquille et résigné et je suis même plus heureux parmi les miens .Le Bon Dieu sait ce qui est le mieux pour ma sanctification et , persuadé de cela , je dis tous les jours : «  Que ta volonté soit faite » . Ayez la bonté de prier pour votre ami éprouvé et confiez-moi , ainsi que tous mes malheureux lépreux , à tous  les serviteurs de Dieu ( 15 octobre 1885). »

Une fois qu’il a accepté sa maladie , cette lèpre ne le désespère pas , au contraire il la considère comme un moyen privilégié d’être en communion avec ses paroissiens . Il préfère demeurer avec  eux plutôt que de sortir guéri de la léproserie . La lèpre sera un fil d’or  qui l’unit aux siens et lui fait renouveler l’engagement de son ministère sacerdotal . 
«  De plus , cette terrible maladie dont vous connaissez l’origine , fait des progrès effrayants et menace de m’empêcher , peut-être très bientôt , de célébrer la Sainte Messe et , comme il n’y a pas d’autre prêtre, je me verrai privé de la Sainte Communion et de c e saint sacrement .C’est cette privation qui sera la plus douloureuse pour moi et qui rendra ma situation insupportable . Ce n’est pas la maladie et la souffrance qui me découragent , loin de là . Jusqu’à maintenant , je me sens heureux et content et , si j’avais la possibilité de partir d’ici en bonne santé , je dirais sans hésiter ; «  je reste pour toujours avec mes lépreux  »  . ( A P.Alberto Montiton Mai 1886 ).

c)   Finalement la maladie est devenue « la meilleure croix » qu’on puisse lui imposer .C’est le chemin qui permet d’atteindre la plénitude de la vie . Il finit par remercier Dieu pour cette croix qui l’unit particulièrement à Jésus et le rapproche de la vraie vie . 
«  Je reste ici , même si je suis inutile , pour accomplir ma tâche quotidienne , comme d’habitude ;je ne sais pas encore pour combien d’années . Il a plu à notre divin Sauveur de me confier de prendre soin du bien spirituel des infortunés lépreux exilés à Molokai . comme vous le savez , il y a déjà longtemps que la divine Providence m’a choisi pour que je devienne ne victime de cette répugnante maladie qui est la nôtre . J’espère rester éternellement reconnaissant envers Dieu pour cette faveur. Il me semble que cette maladie va un peu abréger et même rendre plus étroit le chemin qui me conduira à notre chère patrie . Avec cet espoir , j’accepte cette maladie qui est ma crois particulière , j’essaye de la porter comme Simon de Cyrène , en suivant les pas de notre divin Maître . Ayez la bonté de m’aider de vos prières pour que j’obtienne la force de la persévérance jusqu’à ce que j’arrive au sommet de mon calvaire  »  . ( à Pamphile , le 9 novembre 1887 ) . 
« La joie et l’affection que me donnent les Sacrés Cœurs  font que je me considère le missionnaire le plus heureux du monde . Ainsi le sacrifice de ma santé que le bon Dieu a jugé bon d’accepter , fructifiant un peu mon ministère au milieu des lépreux ,est , en fin de compte , pour moi très léger et même agréable . J’ose même dire , un peu comme Saint Paul : Mortuus sum et vita mea abscondita est cum Christo in Deo ( je suis mort et ma vie est désormais cachée en Dieu avec le Christ  ; adaptation de Col.3,3). »  ( à Pamphile , 9 et 16 novembre 1887) . 
«  Je m’efforce de mon mieux de supporter sans trop me plaindre, pratiquement , pour la sanctification de mon âme , les souffrances de la maladie prévues depuis longtemps . Ceci est , en fin de compte , un moyen dont se sert la Providence pour débarrasser mon cœur de toute affection terrestre et ainsi activer le désir de mon âme chrétienne d’être unie le plus tôt possible à Celui qui est mon unique raison de vivre  ».  ( à Clifford , le 28 février 1889) .

Damien a dû continuer son processus d’acceptation de la réalité et a repris sa place , jour après jour , dans son ministère et  dans sa relation à Dieu . L’Eucharistie et l’Adoration allaient être , sans doute , des moments favoris pour s’abandonner à la bonté de Dieu et demander un cœur comme celui de Jésus . Son détachement va devenir total :famille , pays , culture , langue , pastorale , paroisse ,santé , prestige … La mort maintenant est proche , l’heure de la séparation totale à laquelle il a été conduit par sa compagne «  la lèpre » qui lui a fait prendre un raccourci .

«  De cette façon , Damien a regardé successivement dans trois directions , sur le chemin de la souffrance . D’abord , pour lui-même : il a demandé de rester en bonne santé , santé qu’il a déposée dans les mains du Seigneur. Ensuite , vis à vis des hommes : il désirait rester proche d’eux . Et finalement vis à vis du Christ : il voulait rester près de Lui et avoir , dans sa chair , les marques de ses blessures . A ce moment-là , sa quête s’est enfin pacifiée . Damien était là où il devait être  selon sa vocation , c’est à dire, sur la croix . Celui qui gravit le chemin de la souffrance passe par trois étapes : il part de sa propre personne , il arrive où sont les autres pour accéder à son but : la maison avec le Seigneur crucifié . » ( Cardinal G. Dannels, «  Portrait extérieur et intérieur de Damien »  , 1994 ).

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Chacun d’entre nous aura sa propre «  compagne de route »  , qui peut devenir instrument de Dieu pour nous sanctifier et nous combler de vie ou , au contraire , nous gâcher la vie et nous empêcher de reconnaître le visage miséricordieux de Dieu . Damien a pu dire aux siens, en toute vérité : «  nous , les lépreux  »  et trouver ainsi la main de Dieu .




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