Thursday, March 26, 2015

Perpetual Adoration 

Adoración perpetua

Adoration perpétuelle


by David P. Reid, ss.cc.

50 years since Vatican II! Behold an opportunity to look back and appreciate the changes. Here’s a change close to the heart of every SSCC. Perpetual Adoration! The words are still a part of our name but the meaning has been resourced. Yes, I loved the many stories of how our sisters maintained perpetual adoration of the Most Blessed Sacrament in Fairhaven, Massachusetts, USA. Many other convents around the world did the same but I mention Fairhaven because for me that memory is indelible. We did the same in the Brothers’ formation community but it is the image of the sisters that crystallizes the memory for me. As the number of our sisters dwindled there were many heroic stories of long hours spent by individual sisters before the Blessed Sacrament.

And then things changed. There was an evident discontinuity. An hour came when no one could come. But there was also a revelatory continuity. A new way of appreciating the old practice was revealed. The genius of Vatican II is at work: back to the sources and update! The re-interpretation of the tradition revealed deep insights and made more explicit the liturgical connections which may have been assumed but seldom expressed.  

All time belongs to him (Paschal Vigil).
Put into a simple phrase: Jesus is perpetually before the Father on our behalf. The perpetual character comes from Jesus ever in prayer addressed to the Father. We are baptized into this prayer. From this participation we derive our life, sustenance and our vocation to adore.

The perpetual character of the adoration was never ours to maintain. There is but one prayer and that prayer is Jesus. Jesus is the one who prays, in English: pray-er! Adoration for SSCC is connecting with that one prayer ever lovingly addressed to the Father for the gift of the Spirit, for ever and ever, Amen! The Father always hears this prayer of Jesus and answers by raising Jesus from among the dead in the gift of the Spirit (2 Corinthians 3:17).

The Liturgical Connections
Our vocation is the perpetual adoration of the Most Blessed Sacrament. From where does the Sacrament come? From the prayer of Jesus addressed to the Father for the gift of the Spirit! What gift of the Spirit? That question is answered in the twofold calling down of the Spirit (epiclesis) at Mass.

The first epiclesis is the prayer before the narrative of institution: Make holy, therefore, we pray, by sending down your Spirit upon them like the dewfall, so that they may become for us the Body and Blood of our Lord Jesus Christ.(EP II)  We ask through the power of the Spirit that the gifts of bread and wine may become the body and blood of Christ, that is, that there would be a sharing (koinonia) in the death and resurrection of the Lord (1 Corinthians 10: 16). Then there is the second epiclesis after the narrative of institution: Humbly we pray that partaking of the Body and Blood we may be gathered into one by the Holy Spirit. (EP II) We ask that those who share these gifts of the body and blood will become the missionary body of Christ in the world. (Although we are grateful for the restoration of the double epiclesis in the reform of Vatican II, they are poorly presented and still need better expression, especially the second epiclesis).

The Eucharist is a memorial of Jesus’ paschal self-donation in love. Consequent to his ministry of tablefellowship, there is no surprise that he chose as his memorial a meal, an action in which we participate, eating and drinking. The Blessed Sacrament retains the sacramental symbolism of bread to be eaten, wine to be drunk; not a relic to be displayed but an action to be joined. Thus, we ask in adoration to be drawn into this action of our Trinitarian God, through the double epiclesis, a plea succinctly echoed in the final doxology in the Eucharistic prayer: Through him, and with him, and in him, O God, Almighty Father, in the unity of the Holy Spirit, all glory and honor is yours, for ever and ever, Amen.

Let us recall from our Catechism that a sacrament is a symbol that effects what it symbolizes. If we envision the prayer of Jesus as perpetually being heard (check Isaiah 55:10-11), then the symbolization in that prayer is always effective. Our adoration of the Most Blessed Sacrament is an active involvement in the process of effectively symbolizing the prayer of Jesus in its twofold epiclesis. Our adoration is a communion, a koinonia with the paschal character of the Eucharistic action of the Mass (first epiclesis). That means for us SSCC an ever deepening intimacy with Jesus in the freedom of his choice to join himself to the will of the Father to save us. Our adoration (second epiclesis) is always focused on the mission of the church in the world and anticipates the final commissioning: Ite, missa est, go, you are sent. That means for us SSCC to live reparative love in perpetual solidarity with those on the periphery (Luke 4).  

Vatican II will be remembered for a) going back to the sources (résourcement) and b) updating for a new time (aggiornamento). The double process reveals a great richness in the tradition and a big missionary challenge for the future. Our practice of  Perpetual Adoration of the Blessed Sacrament as SSCC is well rooted in God’s gift of  Liturgy and also a daring challenge to be, effectively, food for the world.



Adoración Perpetua

¡¡50 años desde el Concilio Vaticano II! He aquí una oportunidad para mirar hacia atrás y apreciar los cambios. Hay un cambio muy cercano al corazón de todos los SSCC: ¡la Adoración Perpetua! Las palabras siguen siendo una parte de nuestro nombre, pero el significado ha sido realimentado. Sí, me encantan las muchas historias sobre cómo nuestras hermanas mantuvieron la adoración perpetua del Santísimo Sacramento en Fairhaven, Massachusetts, EE.UU.. Muchos otros conventos de todo el mundo hicieron lo mismo pero menciono Fairhaven porque para mí ese recuerdo es imborrable. También hicimos lo mismo en la comunidad de la formación de los hermanos, pero es la imagen de las hermanas la que se cristalizó en mi memoria. Cuando el número de nuestras hermanas disminuyó hubo otras muchas heroicas historias de largas horas pasadas por las hermanas individualmente ante el Santísimo Sacramento.

Y luego las cosas cambiaron. Hubo una evidente discontinuidad. Llegó la hora en la que nadie pudo ir. Pero también hubo una continuidad reveladora. Se puso de manifiesto una nueva forma de apreciar la vieja práctica. El genio del Concilio Vaticano II estaba trabajando: volver a las fuentes y actualizarse. La reinterpretación de la tradición reveló una visión profunda e hizo más explícitas las conexiones litúrgicas que pudieron estar asumidas, pero rara vez expresadas.

Todo el tiempo le pertenece (Vigilia Pascual).
Diciéndolo en una frase sencilla: Jesús, en nuestro nombre, está perpetuamente ante el Padre. El carácter perpetuo viene de Jesús, siempre en oración dirigida al Padre. Somos bautizados en esta oración. De esta participación proviene nuestra vida, nuestro sustento y nuestra vocación de adorar.

El carácter perpetuo de la adoración nunca fue cosa nuestra el mantenerlo. No hay sino una oración, y esa oración es Jesús. Jesús es el que ora. En inglés: “pray-er” (pray: orar; “er”: el que hace algo). La Adoración para los SSCC es conectarse con esa oración siempre amorosa dirigida al Padre por el don del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos, ¡amén! El Padre siempre escucha esta oración de Jesús y responde resucitando a Jesús de entre los muertos en el don del Espíritu Santo (2 Corintios 3,17).

Las conexiones litúrgicas
Nuestra vocación es la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. ¿De dónde viene el sacramento? ¡De la oración de Jesús, dirigida al Padre, por el don del Espíritu! ¿Qué don del Espíritu Santo? Esa pregunta se responde en el doble llamamiento al Espíritu (epíclesis) en la Misa.

La primera epíclesis es la oración antes del relato de la institución: “Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y sangre de Jesucristo, nuestro Señor” (Plegaria Eucarística II). Pedimos a través del poder del Espíritu que los dones del pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, es decir, que haya un compartir (koinonia) en la muerte y resurrección del Señor (1 Corintios 10, 16). Luego está la segunda epíclesis, después de la narración de la institución: “Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo” (Plegaria Eucarística II). Le pedimos que aquellos que comparten estos dones del cuerpo y la sangre se conviertan en el cuerpo misionero de Cristo en el mundo. (Aunque estamos agradecidos por la restauración de la doble epíclesis en la reforma del Concilio Vaticano II, están pobremente presentadas y todavía necesitan una mejor expresión, sobre todo la segunda epíclesis).

La Eucaristía es un memorial de la Pascua de auto-donación de Jesús en el amor. Como consecuencia de su ministerio de comensalía, de mesa común, no es ninguna sorpresa que él eligiese como su memorial una comida, una acción en la que participamos comiendo y bebiendo. El Santísimo Sacramento mantiene el simbolismo sacramental de pan para ser comido, vino para ser bebido; no es una reliquia para ser mostrada, sino una acción a la que unirse. Por lo tanto, pedimos en la adoración ser arrastrados en esta acción de nuestro Dios Trinitario, a través de la doble epíclesis, una súplica que sucintamente resuena en la doxología final de la Plegaria Eucarística: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Recordemos de nuestro catecismo que un sacramento es un símbolo que efectúa lo que simboliza. Si visualizamos la oración de Jesús como siendo escuchada perpetuamente (ver Isaías 55, 10-11), entonces, la simbolización en esa oración es siempre eficaz. Nuestra adoración al Santísimo Sacramento es una participación activa en el proceso de eficazmente  simbolizar la oración de Jesús en su doble epíclesis. Nuestra adoración es una comunión, una koinonía con el carácter pascual de la acción eucarística de la Misa (primera epíclesis). Eso significa para nosotros SSCC una intimidad cada vez más profunda con Jesús en la libertad de su elección para unirse a la voluntad del Padre para salvarnos. Nuestra adoración (segunda epíclesis) está siempre centrada en la misión de la Iglesia en el mundo y anticipa el encargo final: “Ite, missa est”, “id, sois enviados”. Eso significa para nosotros SSCC vivir el amor reparador en solidaridad perpetua con los de la periferia (Lucas 4).

El Vaticano II será recordado por a) volver a las fuentes (résourcement) y b) por la actualización para un nuevo tiempo (aggiornamento). El doble proceso revela una gran riqueza en la tradición y un gran desafío misionero para el futuro. Nuestra práctica de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento como SSCC está bien arraigada en don de Dios de la Liturgia y es también un desafío audaz para ser, efectivamente, alimento para el mundo.



Adoration perpétuelle
50 ans depuis le Concile Vatican II.  Voilà une bonne occasion de regarder en arrière et apprécier les changements. Il y a un changement qui nous touche particulièrement tous les SSCC : «l’Adoration perpétuelle ! » Les mots font toujours  partie de notre patrimoine, mais le contenu de ce terme a été enrichi. Oui, j'aime beaucoup toutes les  histoires  de nos Sœurs qui ont maintenu longtemps l'adoration perpétuelle du Saint Sacrement à Fairhaven, Massachusetts, USA. Beaucoup d’autres communautés  de par le monde ont fait de même, mais je mentionne Fairhaven parce que pour moi c’est un souvenir inoubliable. Nous avons aussi nous avons fait de même  dans notre communauté de formation, mais le souvenir des sœurs est celui qui m’a marqué le plus. Lorsque le nombre de nos sœurs a diminué  il y eut beaucoup d'histoires héroïques  au sujet des  heures interminables passés par les sœurs, seules, devant le Saint Sacrement.
Et puis les choses ont changé. Il y eut une rupture évidente. Vint le temps où il n’avait plus personne pour  aller à l’adoration. Mais il y eut tout de même une certaine continuité. Une nouvelle manière d’appréhender l’ancienne pratique se fit jour. L’esprit du Concile Vatican II a porté des fruits : revenir  aux sources et se mettre à jour. La réinterprétation de la tradition  fit découvrir une nouvelle manière de considérer les choses, plus approfondie, et fit ressortir  et mit en évidence des liens avec la liturgie qui, jusqu’alors  n’étaient  pas manifestes.

Tout le temps vous appartient (vigile pascale).
Pour le dire  simplement : Jésus est perpétuellement devant le Père en notre nom. Le caractère « perpétuel » vient de Jésus. Il est toujours en  prière, tourné vers le Père. Nous sommes baptisés dans cette prière. Notre vie, notre soutien, notre vocation pour l’adoration  viennent de cette participation.
Le caractère perpétuel de l’adoration n'a jamais été notre affaire. Il y a  une prière unique et cette prière, c'est celle de Jésus. Jésus est celui qui prie. En anglais: « pray-er » (« pray » : prier; « -er »: celui qui fait quelque chose). L’Adoration pour les SSCC, c’est se connecter à cette prière qui est toujours une prière aimante adressée au Père par le don de l’Esprit, pour les siècles de siècles. Amen ! Le Père écoute toujours cette prière de Jésus et y répond en le ressuscitant  d'entre les morts par le don du Saint Esprit (2 Corinthiens 3.17).

Les liens liturgiques
Notre vocation c’est l'adoration perpétuelle du Saint-Sacrement. D'où vient le sacrement ? De la prière de Jésus, adressée au Père, par le don de l'Esprit ! Quel don ? La réponse à cette question se trouve dans la double invocation à l'Esprit Saint (épiclèse) à la messe.
La première épiclèse fait partie de la  prière avant le récit de l'institution : "Sanctifie  ces offrandes  en répandant  sur elles ton Esprit,  qu'elles deviennent  pour nous le corps et le sang de Jésus, le  Christ, notre Seigneur" (Prière Eucharistique II). Nous demandons par la puissance de l'Esprit que les dons du pain et du vin deviennent le corps et le sang du Christ, c'est-à-dire, qu'il y ait une communion (koinonia) à la mort et à la résurrection du Seigneur (1 Corinthiens 10:16). La deuxième épiclèse après le récit de l'institution dit : «Humblement, nous te demandons qu’en ayant part  au corps et au sang du Christ, nous soyons rassemblés par  l’Esprit-Saint  en un seul Corps "  (Prière eucharistique II). Nous demandons que ceux qui partagent ces dons du corps et du sang deviennent le corps missionnaire du Christ dans le  monde. (Même si nous sommes heureux de la restauration de la double épiclèse par Vatican II, elles  nous semblent  d’une expression encore trop pauvre  et ont besoin d'être  exprimées encore plus fortement, surtout la seconde).
L'Eucharistie est un mémorial de la Pâque de l'offrande de Jésus dans l'amour. Comme conséquence de  son ministère de commensalité,  de la table commune, il n'est pas étonnant  qu'il ait  choisi comme Mémorial, un repas, une action à laquelle nous participons tous en mangeant et en buvant. Le Saint-Sacrement maintient le symbolisme sacramentel du pain pour être mangé et du vin pour être bu ; Il n'est pas une relique à exposer, mais une action dans  laquelle nous nous impliquons. Par conséquent, nous demandons dans l’adoration d’être entrainés dans cette action du Dieu trinitaire, à travers la double épiclèse, une demande reprise de façon ramassée dans la doxologie finale de la prière eucharistique: «Par le Christ, avec lui et en lui, à toi  Dieu le  Père tout-puissant, dans l'unité du Saint-Esprit, tout honneur et toute  gloire pour les  siècles des siècles. Amen »
N'oublions pas notre catéchisme qui dit que le sacrement est un signe qui réalise ce qu’il signifie. Si nous considérons  la prière de Jésus comme perpétuellement écoutée (voir Esaïe 55, 10-11), alors le signe de cette prière est toujours efficace. Notre adoration au Saint Sacrement est une participation active à la prière de Jésus, exprimée dans le signe efficace de la double épiclèse. Notre adoration  est communion, une koinonia,  avec le caractère Pascal de l'action eucharistique de la Messe (première épiclèse). Cela signifie pour nous SSCC,  une intimité toujours plus profonde avec Jésus dans la liberté de son choix pour rejoindre la volonté du Père de nous sauver. Notre adoration  (seconde épiclèse) est toujours centrée sur la Mission de l'Eglise dans le monde et anticipe l’envoi final : «Ite, missa est », « allez, vous êtes envoyés ». Cela signifie pour nous SSCC vivre l’amour réparateur en  solidarité perpétuelle avec  ceux de la périphérie (Luc 4).
Vatican II devra toujours être rappelé (a) comme retour aux sources (ressourcement)  et (b) comme remise à jour pour un temps nouveau  (aggiornamento). Ce double processus révèle la richesse de la tradition et un grand défi pour notre avenir missionnaire. Notre pratique de l'adoration perpétuelle du Saint Sacrement pour nous  SSCC est bien enracinée dans le don de Dieu exprimé dans  la Liturgie et elle est aussi un défi audacieux pour être effectivement nourriture pour le monde.




2 comments:

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  2. Dear David, thank you very much for your contribution in the SSCC Blog about Perpetual Adoration. It shows convincingly the Connection between the Eucharist celebration and the devotion of adoration. And it inspires to follow Jesus mor closely, living out in our daily relations and actions the innerst emotions and movements of his heart.

    Yours, Harald Adler sscc

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